Vos sois toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia. Pero todavía no lo soy bastante.
De nuevo me entrego a Vos todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada ni para mí, ni para otros.
Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro, tomadlo en seguida, os lo suplico, y haceos dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrade a Dios y plantad, levantad y producid todo lo que os guste.
La luz de vuestra fe disipe las tinieblas de mi espíritu; vuestra humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra continua vista de Dios llene de su presencia mi memoria, el incendio de caridad de vuestro corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a vuestras virtudes mis pecados; vuestros méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento.
En fin, queridísima y amadísima Madre, haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el vuestro para conocer a Jesucristo y su divina voluntad; que no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el vuestro para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Vos.
No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Vos el ver claro, sin tinieblas; para Vos el gustar por entero sin amargura; para Vos el triunfar gloriosa a la diestra de vuestro Hijo, sin humillación; para Vos el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios.
Esta es, divina María, la mejor parte que se os ha concedido, y que jamás se os quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro, sino el experimentar el que Vos tuvisteis: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Vos, sin interés, como el más vil de los esclavos.
La sola gracia, que por pura misericordia os pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén (así sea) a todo lo que hicisteis sobre la tierra cuando vivíais; amén a todo lo que hacéis al presente en el cielo; amén a todo lo que hacéis en mi alma, para que en ella no haya nada más que Vos, para glorificar plenamente a Jesús en mí, en el tiempo y en la eternidad.

La Oración de María para sus fieles esclavos es una oración católica que se atribuye a la devoción de Santa Teresa de Ávila, una monja española del siglo XVI y fundadora de la Orden de las Carmelitas Descalzas. Aunque la autoría de la oración es incierta, se cree que fue escrita por Santa Teresa como una expresión de su devoción mariana.
La oración en sí misma es una petición a la Virgen María para que ella adopte al orador como su «esclavo» y le conceda sus gracias y protección. La oración comienza con las palabras «Oh, esclava de María, ruega por nosotros», lo que refleja la devoción de Santa Teresa hacia la Virgen María y su creencia en su poder y protección.
La oración ganó popularidad en el siglo XVIII, cuando fue adoptada por la Orden de los Esclavos de la Santísima Virgen María, una congregación religiosa dedicada a la devoción mariana y fundada por el padre francés Jean-Baptiste Blain en 1705. La congregación se extendió por toda Francia y Europa, y la Oración de María para sus fieles esclavos se convirtió en una parte central de su devoción.
En la actualidad, la Oración de María para sus fieles esclavos sigue siendo una oración popular entre los católicos devotos de la Virgen María, y se ha traducido a muchos idiomas diferentes. Aunque la historia y el origen de la oración siguen siendo objeto de debate, su belleza y su poder como expresión de la devoción mariana han asegurado su popularidad y uso continuos.